Fuente:: News.va
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Además de su profunda repulsa y preocupación por el tráfico de seres humanos, que es «una vergüenza y un crimen contra la humanidad», Francisco dirigió un llamamiento a todos, a los creyentes y no creyentes, a los responsables de la sociedad y de las naciones para aunar fuerzas contra la plaga de la trata de personas. Con su cordial bienvenida a 17 nuevos embajadores ante la Santa Sede, después de dirigir su primer pensamiento a la comunidad internacional, a las múltiples iniciativas que se llevan adelante para promover la paz, el diálogo, las relaciones culturales, políticas, económicas, y para socorrer a las poblaciones probadas por diferentes dificultades, el Papa afrontó el tema la trata de seres humanos, crimen que le preocupa mucho, recordando que los cristianos reconocemos el rostro de Jesucristo en los más necesitados.
«Hoy deseo afrontar con ustedes un tema que me preocupa mucho y que amenaza actualmente la dignidad de las personas: la trata de seres humanos. Es una verdadera forma de esclavitud, lamentablemente cada vez más difundida, que afecta a todos los países, incluso a los más desarrollados, y que afecta a las personas más vulnerables de la sociedad: a mujeres y muchachas, niños y niñas, discapacitados, a los más pobres, a los que provienen de situaciones de desintegración familiar y social. En ellos, de manera especial, los cristianos reconocemos el rostro de Jesucristo, que se ha identificado con los más pequeños y los más necesitados. Otros, que no se refieren a una fe religiosa, en nombre de la común humanidad, comparten la compasión por su sufrimiento, con el compromiso de liberarlos y de aliviar sus heridas».
«La trata de personas es un crimen contra la humanidad», reiteró el Papa Bergoglio, señalando que podemos y debemos aunar esfuerzos para derrotar semejante vergüenza: «Juntos podemos y debemos comprometernos para que sean liberados y se pueda poner fin a este horrible comercio. Se habla de millones de víctimas del trabajo forzoso – trabajo esclavo – la trata de personas con fines de mano de obra y explotación sexual. Todo esto no puede continuar: es una grave violación de los derechos humanos de las víctimas y una afrenta a su dignidad, así como una derrota para la comunidad mundial. Todas las personas de buena voluntad, que se profesen religiosas o no, no pueden permitir que estas mujeres, estos hombres, estos niños sean tratados como objetos, engañados, violados, a menudo vendidos más de una vez, con diferentes propósitos, y, finalmente, asesinados, o de todas maneras, dañados en el cuerpo y la mente, para acabar siendo desechados y abandonados. Es una vergüenza. La trata de personas es un crimen contra la humanidad».
Tras recordar que debemos unir fuerzas para liberar a las víctimas y detener este crimen cada vez más agresivo, que amenaza, además de los individuos, los valores y cimientos de la sociedad y también la seguridad y la justicia internacionales, así como la economía, la estructura familiar y la misma vida social, el Santo Padre destacó la importancia de la responsabilidad y de la urgencia de medidas concertadas, así como de un profundo examen de conciencia en distintos ámbitos nacionales e internacionales:
«Se necesita una toma de responsabilidad común y una voluntad política más decida para lograr vencer en este frente. Responsabilidad hacia los que han caído víctimas de la trata de personas, para tutelar sus derechos, para asegurar su incolumidad y la de sus familiares, para impedir que los corruptos y los criminales eludan la justicia y tengan la última palabra sobre las personas. Una intervención legislativa adecuada en los países de origen, de tránsito y de llegada, también con el fin de facilitar la migración regular, puede reducir el problema.
Los gobiernos y la comunidad internacional, a quienes corresponde principalmente prevenir e impedir este fenómeno, no han dejado de tomar medidas en los distintos niveles para bloquearlo y para proteger y asistir a las víctimas de este crimen, a menudo vinculado con el comercio de drogas, de armas, al transporte de inmigrantes ilegales, a la mafia.
Desafortunadamente, no podemos negar que algunas veces, quedaron contagiados también operadores públicos y miembros de los contingentes que participan en misiones de mantenimiento de la paz. Pero para obtener buenos resultados, es necesario que la acción de contraste incida también en la cultura y la comunicación. Y en este nivel existe la necesidad de un profundo examen de conciencia: ¿cuántas veces, de hecho, toleramos que un ser humano sea considerado como un objeto, expuesto para vender un producto o para satisfacer deseos inmorales? La persona humana nunca debe ser comprada y vendida como una mercancía. Quien la utiliza y la explota, aunque sea indirectamente, se vuelve cómplice de este abuso».
Antes de concluir su intenso y denso discurso, el Santo Padre renovó su exhortación a la comunidad internacional: «He querido compartir estas reflexiones con ustedes sobre una plaga social de nuestro tiempo, porque creo en el valor y la fuerza de un esfuerzo concertado para luchar contra ella. Por consiguiente, exhorto a la comunidad internacional para que llegue a un mayor acuerdo y eficacia en la estrategia contra la trata de personas, para que en todas las partes del mundo, los hombres y las mujeres nunca sean utilizados como un medio, sino que sean siempre respetados en su dignidad inviolable».
(CdM – RV)
Fuente:: SIC
Mons. Joan Piris Hoy os quiero reproducir un cuento muy aleccionador de un tal M. Menapace: Cuenta que le pidieron a un científico muy bueno estudiar los problemas de un rosal que pasaba por dificultades en su período de floración. Él tomó las cosas muy en serio. Primero estudió la tierra donde se había plantado el rosal, descubriendo una historia y unos condicionantes negativos en parte: estaba situada cerca de una pared cuyos cimientos dificultaban el camino de las raíces y donde precisamente habían sido arrojados los escombros de la construcción. Además, cuando la lluvia caía sobre aquella parte del tejado se descargaba en el alero que daba justo sobre la planta. No tenía sol por la mañana y en cambio, de tarde, tenía demasiado por el reflejo de la pared encalada que le devolvía el calor duplicado. Había motivos, pues, en la historia previa de aquella tierra y en el espacio que le tocaba compartir. Pero también encontró otros particulares en el mismo rosal y en la historia de su crecimiento: la variedad de la rosa no era la más conveniente para este clima, fue plantada fuera de época y de pequeña había soportado una terrible helada, que por poco acaba con su existencia. ¡Cuántos traumas y condicionantes! ¿Qué se podía hacer? Aparentemente se trataba de circunstancias irreversibles, o ya muy difíciles de cambiar.
De todos modos, los particulares del pasado de la rosa no daban ninguna explicación sobre su finalidad, el para qué de su existencia allí, en ese lugar y en esas condiciones. Y fueron nuevamente al científico queriendo saber para qué estaba justamente allí y no en otro lugar. Porqué el pobre rosal tenía que vivir en esta geografía e historia con tantos condicionantes. Y él, que era un científico de verdad, no un embaucador, les respondió: “Esto no me lo pregunten a mí. Pregúntenselo al jardinero”.
Y era cierto: la respuesta estaba integrada en un plan más amplio que el de la simple historia comprobable de aquella planta. El jardinero tenía un proyecto global que abarcaba todo el jardín. Conocía muy bien lo que el científico descubriría con su ciencia pero, aún así, quiso que la rosa viviera, y que su existencia adornara dolorosamente aquel concreto rincón del jardín, comprometiéndose a vigilar sus ciclos y a defender su vida amenazada. El jardinero estaba totalmente comprometido tanto con la rosa como con la vida y belleza de todo jardín. Ambas realidades dependían de un proyecto nacido en la sabiduría de su corazón, y para el que no bastaba la investigación del científico, que reducía su búsqueda a la mera existencia de la planta, individualmente considerada y en su geografía concreta.
Al médico podrás preguntarle los porqués de tu dolor. Al psicólogo sobre la raíz de tus traumas. Al historiador y al sociólogo por el pasado que te condiciona. Pero el para qué fuiste llamado a la vida aquí y ahora, eso tienes que preguntárselo a Dios, al Jardinero.
Por ello, para descubrir cuál es la vocación a la que hemos sido llamados, debemos buscar la respuesta en Aquel que nos puso en esta vida formando parte de un Proyecto, en Aquel que nos pensó con un sentido, con un para qué, con una misión que cumplir.
Recibid el saludo de vuestro hermano obispo,
+ Joan Piris Frígola,
Obispo de Lleida
Fuente:: Mons. Joan Piris
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Mons. Jesús Sanz Era un rito familiar para estos días que recortaban la luz natural según se iba terminando el año. Entonces sacábamos la caja de latón como quien guarda un libro de historia en imágenes de la gente que más querías. Era más dulce ver las fotos así que el dulce de membrillo que un día llenaba la caja. Y venían las preguntas, los recuerdos, las sonrisas y algunas muecas de lágrimas furtivas. Algo parecido sucede cuando llegas a determinadas fechas que se nos antojan redondas, como si un ciclo de tu vida se cumpliese. Nada hay de ello, porque los ciclos tienen otra cadencia, responden a otros motivos y marcan los hitos de tu propia aventura vital.
Me encuentro celebrando mis diez años de obispo. Es inevitable que uno mire brevemente y de reojo hacia atrás, para traer a la memoria orante y agradecida lo que en este tiempo importante en la biografía personal ha sucedido junto a las personas que el Señor ha puesto a tu vera. Fueron seis años inolvidables y primerizos en aquella tierra noble y bella del Alto Aragón: las diócesis de Huesca y Jaca que me confió pastoralmente el papa Juan Pablo II al nombrarme obispo. Peinaba yo cuarenta y ocho años y llegaba con toda mi inexperiencia episcopal. La paciencia y lealtad de los colaboradores cuyos rostros y nombres no podré olvidar en el sagrario del corazón, me ayudó a dar los primeros pasos como sucesor de los Apóstoles. Ver y escuchar, darme y acoger. Mucho aprendí en lo que acerté a ofrecer con la sabiduría de la que era capaz, y no poco también en los errores que pude cometer sin maldad, con el amor y perdón recíproco de tanta gente de bien.
De allí, el papa Benedicto XVI, me trajo a Asturias como arzobispo de Oviedo. Nueva tierra igualmente noble y bella, con gente también buena que te acoge y acompaña en los vericuetos humanos donde la vida se hace brindis festivo o llanto pesaroso, donde las preguntas concretas que te arañan y provocan piden una respuesta también concreta que ponga bálsamo y acerquen paz bondadosa. Aquí llevo cuatro años ya, en los que he recibido inmerecidamente el afecto y la ayuda de parte de tantos a quienes también deseo querer y ayudar meritoriamente.
Como dije al llegar, he ido siempre por la vida como un cristiano que se sabe peregrino por donde Dios me va conduciendo. Nunca tomé yo con el Señor la iniciativa, sino Él quien me marcó el tiempo y el lugar. Jamás mi felicidad ha sido burlada, usada o mentida por Él, sino que todas las exigencias de mi corazón han encontrado en la paciente y paterna compañía del Buen Dios no un rival sino el más dulce, respetuoso y fiel cómplice de aquello para lo que fui nacido.
Así vine a vosotros, queridos hermanos e hijos de Asturias, en esta vetusta diócesis ovetense. Como en otros tramos de mi camino sucedió, venía sencillamente en el nombre del Señor sin otras credenciales. Vine sin consignas, sin planes conspirados y sin estrategias torcidas. Amo al Señor sobre todas las cosas, amo a la Iglesia con toda mi alma como hijo de San Francisco, amo el tiempo de mi época y a la gente que se me confía. Con todo el cúmulo de mis luces y mis sombras, con las gracias y pecados en mi ligero equipaje, aquí estoy para servirle al Señor y a vosotros diciendo un sí lleno de respeto y cristiano temor, secundando lo que el Señor –a quien entregué mi vida para siempre– vuelve a proponerme como encomienda en su Iglesia.
Ser agradecido, pedir perdón y pedir gracia, me brotan hoy del hondón del alma en este décimo aniversario, como sincera actitud de quien se sabe enviado a vosotros por Quien no soy digno de desatar sus sandalias.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Fuente:: Mons. Jesús Sanz
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Mons. Carlos Osoro Cuando nos estamos preparando para recibir al Señor en la Navidad, haciendo este camino de Adviento, me sigue pareciendo cada día más urgente entrar por el camino de la misericordia y de la conversión. Y es que me siguen impresionando e interpelando cómo, desde la mistad del siglo XX y lo que llevamos del XXI, los Papas nos hablan de cómo hemos de situar la pregunta sobre la misericordia y la llamada a la conversión como centro del anuncio y del camino de la Iglesia. ¡Qué fuerza tienen las palabras de la Virgen María en el canto del Magníficat cuando nos dice, hablándonos de Dios, que “su misericordia alcanza de generación en generación”! Y es que la “misericordia” es el más bello nombre de Dios, es la manera más hermosa de dirigirnos a Él y la llamada más profunda que tenemos para realizar un cambio total de nuestra vida y ponerle otra dirección. De tal manera que misericordia y conversión son dos categorías necesarias para la “nueva evangelización” y, al mismo tiempo, marcan todo un nuevo estilo pastoral.
Juan XXIII, en el discurso de inauguración del Concilio Vaticano II, alude a un nuevo estilo pastoral con el que hemos de salir los cristianos para lo que siempre hizo la Iglesia, anunciar a Jesucristo. Por ello, nos dice: “la esposa de Jesucristo prefiere emplear la medicina de la misericordia antes que levantar el arma de la severidad”. Un estilo pastoral que ha continuado en la Iglesia. En la traducción que se hizo del título de la encíclica “Dives in misericordia” del Beato Juan Pablo II en la edición alemana, se le decía: “el ser humano amenazado y la fuerza de la compasión”. Hay datos excepcionales del Beato Juan Pablo II que nos hablan de la centralidad que para él tenía la misericordia. Entre ellos, la consagración del mundo a la Divina Misericordia el día 17 de agosto de 2002. O, también, la canonización de la religiosa y mística polaca Faustina Kowalska que en sus escritos caracteriza la misericordia como el mayor y más elevado atributo de Dios y la pone como la perfección divina por excelencia, y que el propio Juan Pablo II, siguiendo una sugerencia de sor Faustina, declara el segundo Domingo de Pascua como el Domingo de la Divina Misericordia. Benedicto XVI profundizará en este tema de la misericordia en la encíclica “Deus caritas est”. El Papa Francisco tiene unas palabras sobre la misericordia que son elocuentes: “Un Dios que se hace cercano por amor, camina con su pueblo y este caminar llega a un punto que es inimaginable… El Señor nos ama con ternura. El Señor conoce aquella bella ciencia de las caricias, aquella ternura de Dios. No ama con palabras. Él se acerca y nos da aquel amor con ternura. ¡Cercanía y ternura!” (Palabras del Papa 7-VI-2013).
En una situación en la que tantos hombres y mujeres que viven con nosotros se sienten desalentados, desesperanzados y desorientados, es importante, diría que fundamental, entregar el mensaje de la misericordia divina en cuanto mensaje de confianza y de esperanza. La misericordia nada tiene que ver con una llamada a una vida suave y merengue, ni nada tiene que ver con la blandura y la falta de energía, ni con la indeterminación o con quien no busca la justicia. La misericordia es una conmoción de tal calado que nos lleva a percibir la presencia de Dios, que nace en lo más profundo de nuestra vida, como un “sí” absoluto a quien sentimos que nos ama sin condiciones, un “sí” que lleva a un cambio total de vida, a una renovación de la mente y del corazón, a una conversión. Cuando no se da esa conmoción, la misericordia es pseudomisericordia. No podemos olvidar la misericordia en el anuncio del Evangelio, pues pertenece a la esencia de Dios mismo, tal y como se nos ha revelado en Jesucristo Nuestro Señor. ¡Qué maravilla es descubrir que la justicia de Dios es su misericordia!
El grito de la misericordia y de la conversión, he de decir con fuerza que tiene muchos oyentes hoy. Diría que casi todos los hombres tienen unos oídos y, diría más, un corazón que escucha esos gritos. Y más, cuando vienen y llegan de Alguien que es más que nosotros mismos. Por ello, los comportamientos de sangre fría, la confrontación permanente, la aniquilación del otro, la indiferencia, la frialdad, los individualismos, la violencia, las torturas, las catástrofes naturales, el hambre de muchos hombres y mujeres de este mundo, la vida de los niños en peligro por no tener lo mínimo para subsistir, hemos de decir con todas nuestras fuerzas que hoy desencadenan olas de empatía y de altruismo, pues de la misericordia y de la conversión tienen hambre todos los hombres. Otra cosa es que no hayan descubierto de dónde mana la verdadera misericordia y conversión. Hoy, la compasión, la misericordia y la conversión, no son extrañas, hay empatía y son necesitadas por los hombres, pues, cuando faltan, no podemos vivir. Impresiona descubrir cómo el Antiguo Testamento presenta a Dios como un Dios clemente y misericordioso (Sal 86, 15) y cómo el Nuevo Testamento llama a Dios “padre compasivo y Dios de todo consuelo” (2 Cor 1, 3).
¡Qué fuerza tiene para el hombre descubrir que la soberanía de Dios se muestra, sobre todo, en el perdón y en la absolución! Perdonar y absolver de culpa solamente es posible para quien se encuentra por encima de las exigencias de la mera justicia y puede indultar a otro del castigo justo y conceder la posibilidad de un nuevo comienzo. Y esto solamente lo puede hacer Dios. Misericordia y conversión van unidas. La misericordia de Dios protege, fomenta, recrea y fundamenta la vida, llama siempre al ser humano a una nueva vida, a la conversión. La misericordia de Dios quiere dar siempre vida, más vida siempre. Y, por ello, se muestra solícito con los débiles y los pobres, pues su misericordia no consiente la opresión, la marginación, la explotación; pide, precisamente, la justicia y el derecho. ¡Qué fuerza tienen para entender la misericordia y la conversión aquellas palabras de Jesús en el Evangelio de San Marcos cuando recapitula la fascinante novedad y la totalidad del Evangelio con estas palabras: “Se ha cumplido el plazo y está cerca el reinado de Dios. Arrepentíos y creed en la Buena Noticia” (Mc 1, 14)! El reino de Dios irrumpe y elimina los poderes que dañan la vida de los hombres. Por otra parte, Nuestro Señor Jesucristo abre el acceso a Dios a todos los hombres, no es para unos pocos, es para todos, hay sitio para todos. La oración del Padrenuestro expresa el centro del mensaje de Dios como Padre misericordioso.
La misericordia que pide también la conversión nos hace vivir, como dice el Papa Francisco, “una Iglesia en salida… Espero que todas las comunidades procuren poner los medios necesarios para avanzar en el camino de una conversión pastoral y misionera, que no puede dejar las cosas como están… El Concilio Vaticano II presentó la conversión eclesial como la apertura a una permanente reforma de sí por fidelidad a Jesucristo” (Cfr. Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, 20, 25, 26). Hoy, ante la terrible crisis que tiene muchas manifestaciones: economía, personal, institucional, profesional, educativa, política, etc., necesitamos gestos de compromiso por la justicia social, ejercicio de la compasión y de la solidaridad, de respeto, concordia, de búsqueda de todos juntos, de presentar modelos de vida verdaderamente samaritanos, de transmisión de valores y contenidos auténticos, de entender la política como una forma real de caridad. Dejémonos sorprender por Nuestro Señor Jesucristo: nos cambia, nos transforma, nos purifica, nos lanza a vivir para los demás y a su servicio.
Con gran afecto os bendice
+ Carlos Osoro,
Arzobispo de Valencia
Fuente:: Mons. Carlos Osoro
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Mons. Francesc Pardo i Artigas Durante el tiempo de adviento nos ponemos en la piel de aquellos profetas del pueblo de Israel que esperaban y hablaban ansiosamente la venida del Mesías, el liberador, el salvador.
Lo esperaban, hablaban y anunciaban en situaciones personales y sociales muy difíciles, que no invitaban a la esperanza, a confiar en que se cumplirían las promesas de Dios. Lo hacían por medio de un lenguaje poético, como Isaías, que todavía hoy nos impresiona. Recordad aquello de “El leopardo se tumbará con el cabrito, el niño de pecho retoza junto al escondrijo de la serpiente… Juzgará entre las naciones, será árbitro de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra…”.
Constato que hoy en día muchas personas están faltas de esperanza. Vivimos en una sociedad necesitada de esperanza. Algún autor ha podido decir que “el siglo XX ha resultado ser un inmenso cementerio de esperanzas y, si no somos capaces de evitarlo, también lo será el siglo XXI”. El Papa Benedicto lo sabía, y por eso escribió una carta que lleva por título Spes Salvi(salvados por la esperanza).
Algunas muestras de desesperanza:
– La vida de las personas se vuelve cada día más insensible y mortecina. Poco a poco vamos perdiendo ánimo y entusiasmo. La persona hace más o menos lo que tiene que hacer, pero su vida no le llena. Además, todos sabemos que se están viviendo una serie de hechos trágicos a escala personal y colectiva, que no aportan esperanza alguna.
– La persona vive satisfecha con lo que ha conseguido, pero no espera nada de si misma, ni de la vida, ni de los demás. “Se va tirando…” sin otra perspectiva.
– La persona esta cansada. La vida se hace pesada y aburrida, y el hombre y la mujer se sienten angustiados por el peso de la vida. Poco a poco se vuelven indiferentes a todo y a todos, y perezosos.
– La falta de alegría. La persona no le encuentra gusto a nada. Cada día se ve más incapaz de saborear la belleza, la bondad, la riqueza de la vida. No es capaz de ver el lado positivo de la existencia. La tristeza y el mal humor se van enquistando en su corazón.
– En otros momentos lo que se constata es un vacío. La persona se vuelve más y más frívola y superficial. Se resiste a cualquier tipo de esfuerzo y sacrificio. La persona envejece interiormente.
– Otro rostro de la desesperanza es no tener finalidad u objetivo alguno, no querer correr riesgo alguno, y sencillamente dejarse llevar por la vida.
– Dios se ha convertido en el gran ausente. Pero el silencio sobre Dios arrastra el silencio del porqué y hacia dónde va la vida. El silencio sobre Dios arrastra el silencio sobre el hombre. El silencio sobre Dios provoca que el hombre, buscador de vida, felicidad y sentido, se fabrique sus propios dioses.
El adviento nos estimula hacia la esperanza. ¿Qué y porqué podemos esperar? Puede que no haya muchos motivos o que no los sepamos descubrir.
¿Qué o a quién podemos esperar? El adviento nos invita a esperar la manifestación de la venida de Jesucristo, el Salvador, a nosotros y a nuestro mundo, que, transformando y moldeando nuestra vida, cambia radicalmente las situaciones de desamor, de injusticia, de falta de sentido, de egoísmo, de violencia, de miedo.
¿Porqué? Debemos hallar el fundamento en la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo, y no tanto en nuestras posibilidades humanas. Porque Jesucristo ha compartido nuestra humanidad y ha vencido el pecado, el mal y la muerte, es posible esperar. Es por eso que, también podemos confiar que Él hace posible que seamos portadores de esperanza desde nuestra vida concreta.
Ahora bien, hemos de esperar luchando y trabajando para cambiar la vida de las personas y de los pueblos haciendo nuestras las imágenes de los profetas.
Y hemos de esperar juntos, ayudándonos y sosteniéndonos, formando Iglesia, el pueblo de la esperanza.
+ Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona
Fuente:: Mons. Francesc Pardo i Artigas
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Mons. Francesc Pardo i Artigas Durante el tiempo de adviento nos ponemos en la piel de aquellos profetas del pueblo de Israel que esperaban y hablaban ansiosamente la venida del Mesías, el liberador, el salvador.
Lo esperaban, hablaban y anunciaban en situaciones personales y sociales muy difíciles, que no invitaban a la esperanza, a confiar en que se cumplirían las promesas de Dios. Lo hacían por medio de un lenguaje poético, como Isaías, que todavía hoy nos impresiona. Recordad aquello de “El leopardo se tumbará con el cabrito, el niño de pecho retoza junto al escondrijo de la serpiente… Juzgará entre las naciones, será árbitro de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra…”.
Constato que hoy en día muchas personas están faltas de esperanza. Vivimos en una sociedad necesitada de esperanza. Algún autor ha podido decir que “el siglo XX ha resultado ser un inmenso cementerio de esperanzas y, si no somos capaces de evitarlo, también lo será el siglo XXI”. El Papa Benedicto lo sabía, y por eso escribió una carta que lleva por título Spes Salvi(salvados por la esperanza).
Algunas muestras de desesperanza:
– La vida de las personas se vuelve cada día más insensible y mortecina. Poco a poco vamos perdiendo ánimo y entusiasmo. La persona hace más o menos lo que tiene que hacer, pero su vida no le llena. Además, todos sabemos que se están viviendo una serie de hechos trágicos a escala personal y colectiva, que no aportan esperanza alguna.
– La persona vive satisfecha con lo que ha conseguido, pero no espera nada de si misma, ni de la vida, ni de los demás. “Se va tirando…” sin otra perspectiva.
– La persona esta cansada. La vida se hace pesada y aburrida, y el hombre y la mujer se sienten angustiados por el peso de la vida. Poco a poco se vuelven indiferentes a todo y a todos, y perezosos.
– La falta de alegría. La persona no le encuentra gusto a nada. Cada día se ve más incapaz de saborear la belleza, la bondad, la riqueza de la vida. No es capaz de ver el lado positivo de la existencia. La tristeza y el mal humor se van enquistando en su corazón.
– En otros momentos lo que se constata es un vacío. La persona se vuelve más y más frívola y superficial. Se resiste a cualquier tipo de esfuerzo y sacrificio. La persona envejece interiormente.
– Otro rostro de la desesperanza es no tener finalidad u objetivo alguno, no querer correr riesgo alguno, y sencillamente dejarse llevar por la vida.
– Dios se ha convertido en el gran ausente. Pero el silencio sobre Dios arrastra el silencio del porqué y hacia dónde va la vida. El silencio sobre Dios arrastra el silencio sobre el hombre. El silencio sobre Dios provoca que el hombre, buscador de vida, felicidad y sentido, se fabrique sus propios dioses.
El adviento nos estimula hacia la esperanza. ¿Qué y porqué podemos esperar? Puede que no haya muchos motivos o que no los sepamos descubrir.
¿Qué o a quién podemos esperar? El adviento nos invita a esperar la manifestación de la venida de Jesucristo, el Salvador, a nosotros y a nuestro mundo, que, transformando y moldeando nuestra vida, cambia radicalmente las situaciones de desamor, de injusticia, de falta de sentido, de egoísmo, de violencia, de miedo.
¿Porqué? Debemos hallar el fundamento en la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo, y no tanto en nuestras posibilidades humanas. Porque Jesucristo ha compartido nuestra humanidad y ha vencido el pecado, el mal y la muerte, es posible esperar. Es por eso que, también podemos confiar que Él hace posible que seamos portadores de esperanza desde nuestra vida concreta.
Ahora bien, hemos de esperar luchando y trabajando para cambiar la vida de las personas y de los pueblos haciendo nuestras las imágenes de los profetas.
Y hemos de esperar juntos, ayudándonos y sosteniéndonos, formando Iglesia, el pueblo de la esperanza.
+ Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona
Fuente:: Mons. Francesc Pardo i Artigas
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Mons. Àngel Saiz Meneses La Palabra de Dios siempre es luz que ilumina nuestra pobre realidad, a menudo compleja y ambigua, especialmente en estos tiempos de crisis económica y de sufrimiento para tantas personas. Debo decir que no tengo nada contra el clima de fiesta que antecede y acompaña las fiestas navideñas. Pero, con toda humildad, he de decir que una fiesta cristiana para nosotros no puede reducirse a una simple fiesta consumista. Hay una alegría, austera y solidaria, de la fe, que es la que deseo para mis diocesanos y para mí. Deseo una fiesta, pero no al precio del consumismo.
Os invito a preguntarnos en qué y en quiénes ponemos nuestra esperanza. Los profetas son maestros en distinguir los signos y las huellas de la presencia activa y liberadora de Dios en la historia humana. Por esto me atrevo a pediros que escuchemos a los profetas.
Los signos de la presencia de Dios son signos de vida y de humanización; devuelven a las personas su dignidad personal, social y religiosa; proceden del amor tierno y misericordioso de Dios. De este amor, para nuestra sociedad de hoy, es un testigo privilegiado nuestro buen papa Francisco. Es un tan buen portavoz de la misericordia de Dios, que no ha dudado en confesar en público que leía, y con mucho provecho, un libro del cardenal Walter Kasper sobre el tema. Este reconocido teólogo, que ha estado recientemente entre nosotros, nos ha ofrecido un precioso estudio sobre el Dios misericordioso en el Antiguo y en el Nuevo Testamento.
El Papa Francisco es hoy un profeta de la misericordia de Dios. Pero, en el clima de Adviento, pienso también que nos ayudan dos profetas bíblicos. Uno es Isaías. Su lectura de hoy es capaz de emocionarnos hasta las lágrimas, en estos tiempos de crisis. ¡Que gran poeta, además de profeta, era Isaías, como nos demostró la tesis doctoral del padre Alonso Schökel!
¡Cómo necesitamos oír hoy, en esta hora de cruz para tantas personas sus expresiones de esperanza y de vida! “El desierto y el yermo se regocijarán,/ se alegrarán el páramo y la estepa/, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría!” El ambiente que describe Isaías ya no es de derrota sino de alegría esperanzada: “Vendrán a Sión con cánticos:/ en cabeza, alegría perpetua;/ siguiéndolos, gozo y alegría”. El poema se convierte en un símbolo del camino de Adviento.
En medio de las sequedades y los peligros del desierto, la figura de Juan Bautista, elogiada por Cristo en el Evangelio de este domingo, nos invita a su vez a ser solidarios, a compartir, a “fortalecer las manos débiles/ y a robustecer las rodillas vacilantes/, a decir a decir a los cobardes de corazón:/ ‘Sed fuertes, no temáis/ mirad a vuestro Dios,/ que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará”.
Esta es la “pequeña y fuerte” esperanza del Adviento: alcanzar a ver “la gloria del Señor/ y la belleza de nuestro Dios”, reflejada en el rostro de Jesucristo.
Ante la Navidad, os invito a ser sobrios, alegres y solidarios. Deseo hacer llegar mi anticipada y agradecida alegría de la Navidad, a todos cuantos dan muestras de una solidaridad afectiva y efectiva, por medio de las Cáritas y de tantas obras similares que trabajan ejemplarmente en nuestra diócesis a favor de los más necesitados.
+ Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa
Fuente:: Mons. Josep Àngel Saiz Meneses
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Mons. Atilano Rodríguez El martes, día 3 de diciembre, la Agencia Fides publicaba unas declaraciones del Patriarca Melquita de Antioquía y de todo el Oriente Medio, Gregorio III Laham. Sus palabras ponían al descubierto la creciente preocupación del pastor por la violenta invasión de la ciudad cristiana de Maalula, situada a 40 kilómetros al norte de Damasco, por parte de grupos fundamentalistas islámicos. Estos grupos armados, además de sembrar el terror en la población, habían secuestrado a 12 religiosas del monasterio de Santa Tecla, cuyo paradero se desconoce.
El Patriarca solicitaba ayuda ante la situación de indefensión en la que se encuentra la población, nos ofrecía el testimonio martirial de tres cristianos asesinados por negarse a renunciar a su fe y manifestaba la valiente determinación de los cristianos sirios de “permanecer en aquella bendita tierra, cuna del cristianismo, para dar testimonio del Evangelio y para construir un mundo nuevo y un futuro mejor para la juventud, aún a costa del martirio y del martirio de sangre”.
Estas dramáticas declaraciones del Patriarca tendrían que ayudarnos a tomar conciencia de la realidad de violencia que sufren tantas personas en nuestros días en distintas zonas del mundo como consecuencia del fanatismo religioso y de oscuros intereses políticos. Además, deberían impulsar a todos los gobiernos del mundo, no sólo a denunciar estos y otros hechos similares, sino a poner los medios para que el derecho a la vida y a la libertad religiosa de todos los hombres no se quede en la simple firma de unos papeles, sino que obligue al respecto escrupuloso de los mismos. Los intereses económicos y financieros no pueden prevalecer sobre el derecho a la vida y sobre el derecho de todo ciudadano a confesar públicamente sus convicciones religiosas.
Tendríamos que preguntarnos: ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI, el siglo de la democracia y de las libertades, haya gobiernos que estén financiando económicamente la venta de armas a estos grupos radicales?. ¿Qué papel juegan los organismos internacionales en las relaciones con aquellos países que violan sistemáticamente los derechos humanos, aunque los hayan firmado en su día? ¿Cómo pueden quedar sin castigo las torturas, amenazas y secuestros de cristianos o de miembros de otras religiones por el siempre hecho de confesar y celebrar su fe?
Al no encontrar respuestas fundadas para estas preguntas, uno llega a pensar que hemos perdido la capacidad de conmovernos ante el sufrimiento de los demás. El Papa Francisco lo dice muy acertadamente cuando señala en su reciente Exhortación Apostólica “La alegría del Evangelio”: “Casi, sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe” (EG 54).
Estamos viviendo el tiempo de Adviento, tiempo de preparación para recibir al Señor y momento de esperanza por la presencia entre nosotros del Príncipe de la paz. Pidámosle con fe y confianza que se cumpla en nuestros días la profecía de Isaías, cuando anunciaba el advenimiento de unos tiempos nuevos, en los que las armas se transformarían en arados, las lanzas en podaderas, los pueblos ya no levantarían la espada contra otros pueblos y los hombres no se adiestrarían más para la guerra sino para la paz.
Con mi sincero afecto, que la paz del Señor inunde nuestros corazones.
+Atilano Rodríguez,
Obispo de Sigüenza-Guadalajara
Fuente:: Mons. Atilano Rodríguez
Leer mas http://www.agenciasic.com/2013/12/12/que-las-lanzas-se-vuelvan-podaderas/
El delegado para el Patrimonio y director del Museo Catedralicio en la diócesis de Zamora, el canónigo José Ángel Rivera de las Heras, ha presentado el libro Catálogo de las pinturas de la Catedral de Zamora, una publicación que recoge en 173 páginas la investigación realizada por el sacerdote de todas las pinturas de la Catedral y el Museo Catedralicio.
“A lo largo de los siglos la Catedral ha ido acumulando obras de gran valor. Unas veces adquiridas por el cabildo, otras han sido donadas por los canónigos o los obispos y también por particulares”, explicaba Rivera de las Heras este miércoles día 11 de diciembre durante su presentación. Y ha calificado de “excelente” el conjunto artístico estudiado, enmarcado entre los siglos XIV y XIX.
El autor se ha preocupado de realizar un riguroso estudio científico y ha recogido toda la información existente de cada una de las pinturas: “he situado a los autores en sus escuelas, he formulado también algunas atribuciones, he estudiado las fuentes utilizadas y he consultado toda la biografía local, nacional e internacional concerniente a las obras y a los autores”.
Autores como Blas de Uña, Alonso de Remesal, Tomás Machado, Antonio Novoa o Luca Giordano, de diferentes escuelas de España y de Europa, conforman un legado pictórico de gran calidad. En este sentido, José Ángel Rivera de las Heras ha estacado que la mayor parte de las pinturas están debidamente restauradas y que el Cabildo continuará restaurando su patrimonio pictórico, cuyo estado general de conservación es “bueno”.
Por otra parte, Rivera de las Heras ha recalcado que se ha pretendido ofrecer “un buen material fotográfico” en color y así, por ejemplo, se recoge el retablo de la capilla de San Ildefonso tanto antes como después de ser restaurada.
El delegado diocesano para el Patrimonio ha asegurado que la obra es producto de un año de investigación “en mis horas libres” y que el esfuerzo invertido es un “servicio al Cabildo, a la Iglesia diocesana y a toda la sociedad”, por lo que no recibirá ninguna remuneración económica.
Por su parte, el deán de la Catedral, Juan González, ha recalcado que no sólo se trata de un conjunto pictórico de alta calidad el de la Catedral, sino que el contenido y el sentido del mismo es “religioso” y una manifestación de fe.
Se han editado 1.000 ejemplares de este nuevo libro que se podrá comprar por un precio de 25 euros en la Librería Diocesana (en la Casa de la Iglesia, Seminario San Atilano) así como en el resto de establecimientos libreros de la ciudad.
Fuente:: SIC
Asociación de seglares, que se dedica a trabajar en la Nueva Evangelización, en estrecha comunión con el Santo Padre, los Obispos y Sacerdotes de la Iglesia Católica Apostólica y Romana.
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